Elegí tus manos casi sin querer. No era dueña de mi consciencia cuando vertí mis secretos en tus palmas y les di permiso a tus dedos para pasearse por mis cicatrices. Mi confianza ciega que se deja engañar por el primer roce de amor que simule seguridad y jure lealtad. Soy muy frágil, estaba por decirte, pero tus manos lo supieron al momento de sostenerme y una sonrisa malévola te dibujó dos hoyuelos preciosos de los cuales me enamoré. Me balanceas sobre tu dedo meñique mientras me susurras una promesa. Nunca una cornisa se sintió tan segura. Tus manos gigantes, hogar de esta pequeña que danza libre y con los ojos cerrados porque sabe que no va a caer. Tus manos, a las que les otorgué el poder de ser mi suelo, y confié en que ni la más temible furia podría hacerlas temblar.
Ingenua niña, bailarina de piel, los puños se cierran involuntarios cuando tu danza ya no resulta hermosa, cuando tus pies descalzos ya no son caricias suaves.
¿Dónde no has visto belleza? ¿Qué imperfección hay en mi danza? ¿Son mis pies? ¿Mi rostro? ¿Mi vientre?
Si la belleza está en mi caída, adelante, ola de furia, tiembla, estoy lista para caer otra vez.
¿Ahora sí mi danza es perfecta?
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