Debí obligarme a ser primavera. Te advertí, estos árboles desnudos no eran tan bonitos como los que veías en abriles amarillos que entraban por tu ventana. La lluvia en las mejillas no es tan poética como las gotas que caen de vez en cuando en este desierto. No te gustan los colores, decías, pero ya ves qué aburrida me veo siempre bañada en gris.
Conmigo te acostumbraste a tomar el café amargo, no ponía azúcar en la mesa porque en mis ojos quemados por el frío, nunca encontrarías la dulzura que buscabas. Quise que fueras el que se tomaba el último sorbo de la taza, ese que nadie toma porque está puro y helado.
Todo es malo en exceso, ¿hace cuánto que no ves el sol porque esta nube espesa te nubla los cielos? Los capullos de mi boca esperan un rayo de luz para florecer, mientras tanto besas corteza áspera y agrietada, y acaricias mis cabellos, rígidos, que esperan un soplido de viento que eche a volar a los pájaros que se acumulan en mi nido. Pero me da miedo el viento, y aún soy nube.
A marzo y a abril les sienta bien el otoño. Pero un otoño personificado no era una idea muy bonita, pudiste comprobar. El eterno caer de mis hojas muertas. Un constante vaivén que va en decadencia, que termina en el piso. Sabes que me gusta comportarme como una niña e ir corriendo a los montones de hojas a pisarlas y sentir el crujido bajo mis pies. Hojas secas rotas.
Lo mismo me gusta hacer conmigo. Escuchar romperme, dulce veneno, placentero dolor.
Debí advertir que no puedo obligarme a ser primavera. Pedir flores a un árbol seco, que ni con las lluvias de los lagrimales puede revivir. Qué absurdo el otoño fingiéndose luminoso y tibio. Soy más fines de julio que de marzo, ahí cuando el otoño se va apagando y una larga noche helada se pone a parir al invierno. Estoy en el borde de los que siempre están por caer, pero nunca llegan al fondo. El eterno caer de mis hojas muertas, la constancia de hacerlas danzar por el aire, y cuando llegan al piso, matar más hojas y dejar que la gravedad haga su trabajo, como si ese ciclo no me cansara nunca.
Creí que a ti también te resultaría bonito ver deshojarme una y otra vez. Otoño cíclico. Otro espectador aburrido y cansado. Quizá este espectáculo destructivo sólo me guste a mí.
Ver romperme, dulce veneno, placentero dolor.

No hay comentarios:
Publicar un comentario