El reflejo sonrió en invierno. Sonrió porque su cuerpo estaba cubierto de espesas capas de abrigos y los ojos no podían ver más allá de todas esas capas. Cuando hace frío, los ojos no tienen nada para ver y por eso las voces hacen silencio.
El invierno era lindo pero no era eterno. La primavera llegó de la mano de un calor travieso que le despojó las capas de abrigo que cubrían su cuerpo. El reflejo seguía sonriendo pero con una sonrisa engañosa que más bien transmitía temor, como si algo muy malo estuviera a punto de venir. Los ojos se tiñeron de un color triste y angustioso.
Pasó el tiempo y el calor aburrido y con ganas de más travesuras, le despojó más capas de abrigo a su cuerpo y lo dejó desnudo. Y la desnudez era algo que el reflejo no soportaba.
El reflejo lloró en verano. Lloró porque su cuerpo estaba completamente al descubierto y los ojos podían verlo de pies a cabeza. Cuando hace calor, uno queda expuesto a aquellas voces que
vienen manteniendo silencio por largo tiempo y que con el calor comienzan a gritar sus palabras que retumban y permanecen en la cabeza y como cuchillos filosos atraviesan el corazón.
El verano era feo y parecía eterno. El reflejo tenía que aguantar, pero no aguantaba. Y es que los reflejos que se juzgan a sí mismos no sobreviven a verse desnudos. No sobreviven porque los ojos miran y las voces gritan y eso es lo que los mata. Los ojos miran y van en busca de hasta el más mínimo error y lo detectan, y las voces se burlan, se ríen, gritan y matan. Matan a todos los reflejos ya aturdidos que se encuentran desnudos, flacos y débiles. Desnudos por el calor, flacos por el odio y débiles por el cansancio de luchar hasta el final como buenos guerreros, pero luchar en vano como quien trata de salir de adentro de un pozo oscuro y asfixiante de mil metros de profundidad.

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