Ƹ̵̡Ӝ̵̨̄Ʒ

jueves, 11 de diciembre de 2014

Calendarios y relojes.

La Tierra ya giró varias veces sobre su propio eje. No podría decir con exactitud la cantidad de vueltas, no soy amiga de los calendarios ni de los relojes. Me asustan. Sobre todo cuando las hojas se arrancan mecánicamente cada mañana y las manecillas se trasladan de doce a doce con demasiada prisa. Par de monstruos que controlan mi existencia.
Y no, tampoco conté cuántas veces la bola de fuego brillando en el cielo se iba consumiendo y apagando tras el fondo tapado por edificios. No me atrevo a verlo pasar por encima de mi cabeza, con aires burlones y de superioridad, porque él es eterno y aún sigue brillando, mientras que yo me voy opacando a medida que doy vueltas sobre mí misma. Mi mortalidad se pudre y se lleva consigo cientos de palabras echadas a perder en mi boca, promesas que nunca terminé de envolver y colocar moño, sueños opacos a medio brillar.

Las persianas están bajas, mis ánimos las imitan. La puerta está cerrada, me pregunto si así estará mi corazón, si es que siquiera ese trozo muerto tiene puertas, o será que hace mucho mi inconsciente se ocupó de sellarlas.
El silencio habita en cada rincón de la habitación. Lo escucho y me ensordece.
Mis ojos miran fijos una página arrancada de una vieja libreta. La tinta vomita palabras sobre el fino papel amarillento hasta que queda empapado de pocas verdades y muchas mentiras, de escasa realidad y demasiada fantasía. De lo que es y de lo que quisiera que fuera. Empapado de mí y de aquella que anhelo ser. Empapado de mis aventuras nunca vividas, de mis sueños aún no cumplidos, de mi vida llena de muerte.
El silencio es cada vez más fuerte y hace que el aire sea más espeso. Pero adentro retumba con fuerza alguien que quiere salir. Golpea en mi pecho y rasguña mis pulmones. Quiere salir. Y lo filtro a través de la lapicera pero el retumbo no cesa.
Silencio, sólo se escucha silencio afuera de mí. Pero nadie nunca, ni yo misma, buceó en mis adentros y escuchó esto que desgarra su voz en mi pecho y me hace trizas las costillas.
Estoy inmóvil, como siempre lo estuve. Aferrada a una pena que le gusta el sabor de mi alma. Me pregunto a qué sabrá. Si aún tendrá el sabor dulce de la inocencia que danza a pierna suelta, canta con pulmones inflados de alegría y sólo arroja carcajadas al aire cuando de verdad siente felicidad. O sea, siempre.

Oh, dulce inocencia.

Pero los calendarios y relojes queman la inocencia como si fuera una montaña de hojas barridas y acumuladas junto al cordón de la vereda en otoño. Una niña sale de su casa, ansiosa por comerse al mundo y tirarse a hacer ángeles de otoño en la montaña de hojas, y entonces en sus pupilas se refleja la realidad de un mundo que está en ruinas y parece no tener arreglo. Se iluminan sus ojos pero no de la manera en que se iluminaban cuando regalaba sonrisas, sino reflejando las llamas que queman a aquel montón de hojas secas y muertas. Un ángel de otoño hecho cenizas.

Par de monstruos que quemaron la dulzura y ahora un agrio sabor se debe haber impregnado en mi alma. Y a la pena le gusta alimentarse de la amargura. Estoy escribiendo deseando algo más, escribo para zambullirme en lo lejano al mundo real y perderme en lo que invento pero nunca existirá. Pero a la vez, mientras escribo, salgo a superficie y me encuentro a mí misma contestando preguntas que en el fondo del mar, ahogándome, nunca habría podido contestar. Escribir me sirve de salvavidas, pero también es un asesino que me acecha.

Retumba mi pecho. Quiere salir. Necesita salir. Escribo, escribo, escribo. Escribir me mantiene viva. No, no es suficiente. Retumba, retumba, retumba. Escribir me está matando. Algo duele y parece que mis costillas se van a abrir y mi pecho va a reventar dejando salir un alma podrida por el tiempo perdido, gastado en mezclarse con pena y no con vida. Una vida que está escondida detrás de las persianas bajas, de las puertas cerradas.
No, yo estoy escondida.
Subo mis ánimos, abro mi corazón. Subo las persianas, abro las puertas. Dejo que mis costillas se abran, que mi pecho reviente. Que salga un grito esperanzado y un alma débil que al fusionarse con la brisa fresca, el aleteo de las mariposas y el canto de los pájaros, revive.

Y entonces entiendo. Respiro el aire y huele al aroma que nunca se filtró entre las cuatro paredes que me encerraban. El aroma dulce a libertad.
Entre la alameda que rodea los campos, entre los dientes de león que el viento sopla pidiendo deseos, se esconden aventuras, pequeños sueños y una vida llena de vida. Allá afuera, donde los recolectores de historias navegan por las calles en busca de arte y amor. Allá afuera, donde se baila a pierna suelta, donde se canta con los pulmones inflados de alegría, donde las carcajadas inundan el lugar.
No se necesita la inocencia, es saber reírse en medio de un incendio de ángeles de otoño.

El sol brilla sobre mi cabeza, pero no se burla, y yo le sonrío. Porque un nuevo día espera a que diga las palabras atadas en mi lengua, que cumpla las promesas a las que me aferré y que haga brillar el sueño opaco.
Aún sigo sin contar las vueltas que la Tierra da sobre su propio eje. Pero no porque me asusten los calendarios y los relojes, más bien porque no tengo tiempo para percatarme de ellos. Ya nos veremos cuando mi mortalidad llegue a su fecha de vencimiento, y los saludaré como viejos amigos. Por ahora iré en busca de mis historias. Porque lo entiendo. Ahora lo entiendo.

Escribir la vida no tiene sentido, si no hay vida sobre la que escribir.


"—Tu vida no la escribes con palabras —dijo el monstruo—. La escribes con acciones. Lo que piensas no es importante. Lo único importante es lo que haces." (Un monstruo viene a verme de Patrick Ness)


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