Me hablan con delicadeza y algo de temor, como si estuvieran sosteniendo una muñeca de porcelana con las manos bañadas en manteca. Sus palabras salen de sus bocas lentamente, tratando de que el aire las erosione y las desafile.
Irradio debilidad y eso es lo que ven. Hecha de aire, como un globo, y sus lenguas alfileres.
Hay silencios de distancia entre la boca de los que no se arriesgan a decirme la verdad y mis oídos cuya sensibilidad es peligrosa. Silencios que nadie quiere quebrar, porque un soplido puede empujarme del acantilado. Lo entiendo, pero no quiero que me dejen sola escuchando el eco de mis propios lamentos.
Mis intentos de disfrazarme con armadura de guerrero y máscara de equilibrio fallan cuando caigo en la cuenta de que mi alma es sísmica y poseo un par de ojos tsunámicos. Mis mares ahogan mis fuerzas. Los nudos de mis sogas se desatan, y nunca llego a escalar hasta la cima.
Una burbuja me rodea y un viento protector que yo misma soplé me aparta de todos. A penas oigo murciélagos chillando por lo bajo y siento sus colmillos que amenazan con pincharme. Pero no se animan. Acá hay demasiada oscuridad hasta para ellos.
Si debo ser sincera, a veces me gustaría que sus colmillos revienten la burbuja y sus alfileres me pinchen. A veces pienso que tal vez sea necesario que las verdades sean dichas, por más que tiemble y llore. No tengo armadura ni máscara, eso ya lo sé, pero creo que puedo soportarlo. No quiero miradas de lástima ni palabras de consuelo. No quiero sonrisas fingidas y abrazos forzados. No quiero la mentira de vivir sobre copos de algodón y palabras acolchonadas. Quiero, en cambio, verme obligada a pisar un suelo ardiendo, y que las palabras sean martillos.
No. No es lo que quiero. Pero lo necesito. Necesito que me aturdan un poco y sacudan mi fragilidad. Necesito que me tomen con sus manos bañadas en manteca y dejen que resbale y me haga trizas. Más tarde me ocuparé de reconstruirme, por ahora necesito aprender a oír verdades sin que estas brujas hiervan mi sangre en sus brebajes. Oír sus palabras sin que todo se derrumbe y el mundo se acabe. Aprender a oír y a aceptar. Y luego (aunque eso tomará bastante tiempo) aprender a reír. Reír, sin temblar o llorar. Sólo reír. De mí, de ellos, de la vida.

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