Escribo porque estoy desarmada, y al escribir puedo juntar todas esas piezas de mi mente que por sí solas no tienen ningún sentido. Puedo juntar esas piezas y armar el complicado rompecabezas que soy. Y me armo. Me voy armando poco a poco, palabra a palabra, poema a poema.
Todas las personas somos acumulativas; hay quienes acumulan recuerdos, palabras, fotografías o inutilidades. En mi caso, la acumulación se basa en sentimientos. Acumulo sentimientos porque me da miedo liberarlos. Acumulo dentro de mí y mi alma se llena hasta rebalsar. Es ahí, cuando rebalsa, que mojo el papel con tinta y escribo páginas y páginas de palabras enredadas y ridículas. (Como mis sentimientos, enredados y ridículos).
Y vacío mi alma en una hoja y me siento liviana. Pero lo peligroso está en cuando me leo a mí misma. ¿Todo esto estaba adentro de mí? ¿con esto cargaba en mi interior?
Asusta. Da escalofríos ser consciente de todo lo que puedo guardar adentro.
Leo mis propios sentimientos y trato de entenderme un poco más. Trato de desenredar mis nudos y juntar las piezas. Trato, trato, trato. Y cansa, cuesta, desgasta. Pero sigo. Sigo escribiendo porque estoy desarmada, y probablemente lo esté toda la vida. Porque a este rompecabezas que soy, siempre se le van agregando nuevas piezas, las cuales junto y trato de unir. Y sí, cansa, cuesta, desgasta. Pero sigo. Porque de eso se trata la vida, de seguir recolectando piezas para armarnos y saber, finalmente, quiénes somos (aunque, siendo realistas, nunca llegaremos a saberlo con certeza).

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