Amó a aquel chico como nunca nadie había amado a alguien. Incluso lo amó más que a aquel individuo de su pasado ya convertido en un maldito recuerdo que le pesaba en la memoria desde hacía varios años.
Estaba enamorada y esperaba recibir a cambio todo lo que ella estaba dispuesta a dar.
Y dio, y dio, y dio todo lo que tenía.
Aquel chico le juró amarla también, pero le dijo que había algo que le impedía llegar a su corazón y no podía descubrir qué era.
La chica, tan desconfiada y dolida, se enfadó. Creyó que él sólo estaba poniendo excusas para evitarla.
Se enfadó y se fue lejos de él. Renunciando, nuevamente, al amor.
Lo que ella no sabía es que aquel chico decía la verdad: algo le impedía llegar a su corazón, tocar su alma. Y ese algo eran las cuatro paredes que ella misma había construido para protegerse. Claro que ella creía que era para protegerse de todo aquel con intenciones de lastimarla, pero nunca se puso a pensar que esos horribles muros también la aislarían de todos aquellos seres que quisieran ayudarla, quererla, valorarla.
La chica nunca lo supo. Se sintió sola y odiada. Y murió. Murió encerrada en sí misma, rodeada de un espeso aire difícil de respirar.
Sola, tan sola.
Triste, tan triste.
Y pensar que lo único que necesitaba para ser salvada era derribar las paredes para dejar entrar el amor que siempre estuvo allí para ella, pero que nunca pudo ver porque los muros y las lágrimas le estorbaban la vista.
La chica, tan desconfiada y dolida, se enfadó. Creyó que él sólo estaba poniendo excusas para evitarla.
Se enfadó y se fue lejos de él. Renunciando, nuevamente, al amor.
Lo que ella no sabía es que aquel chico decía la verdad: algo le impedía llegar a su corazón, tocar su alma. Y ese algo eran las cuatro paredes que ella misma había construido para protegerse. Claro que ella creía que era para protegerse de todo aquel con intenciones de lastimarla, pero nunca se puso a pensar que esos horribles muros también la aislarían de todos aquellos seres que quisieran ayudarla, quererla, valorarla.
La chica nunca lo supo. Se sintió sola y odiada. Y murió. Murió encerrada en sí misma, rodeada de un espeso aire difícil de respirar.
Sola, tan sola.
Triste, tan triste.
Y pensar que lo único que necesitaba para ser salvada era derribar las paredes para dejar entrar el amor que siempre estuvo allí para ella, pero que nunca pudo ver porque los muros y las lágrimas le estorbaban la vista.

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