Llegó a su casa con la mochila a medio colgar y arrastrando su abrigo por el piso. Dijo “hola” a su madre sin levantar la vista y se dirigió hacia su habitación. Cerró la puerta, arrojó sus cosas y se sentó en la silla de su escritorio. Sacó un cuaderno y un lápiz para escribir porque tenía la urgente necesidad de descargarse, de sacar todo eso que tenía guardado. El papel era el único que había estado con ella en los últimos días. Éste dejaba que le dijera todos sus más profundos secretos. El papel tenía paciencia. Incluso no le molestaba terminar todo empapado de lágrimas.
Ella trató de escribir, pero no pudo. Su mano temblaba, sus ojos rebalsando angustias que no la dejaban ver. Dejó caer su cabeza en el escritorio y se sintió sola. A su lado lo único que había era esa taza de café que había dejado en la mañana. Estaba intacta; el café seguía allí, pero frío. Pasa que esa mañana se levantó sin ánimos, tenía el estómago cerrado y sólo quería seguir durmiendo y desaparecer. Se quedó mirando el papel fijamente y tomó la taza de café entre sus manos. ¿Era posible que esa tonta taza y ese estúpido papel fueran sus únicos amigos? ¿Acaso se estaba volviendo loca? ¿Por qué no tenía el valor suficiente de sacar sus sentimientos hacia afuera? Un mar de preguntas se instaló en su mente. Se sintió estúpida. No sabía que hacer, sólo quería dejar de existir o retroceder el tiempo y volver a donde todo parecía ser menos complicado. Estaba cansada. Ya hasta estaba cansada de estar cansada. No tenía energías, pero el tipo de cansancio que ella tenía le consumía las energías y no las podía recuperar durmiendo. Era algo más profundo. Un amigo, un novio, una de esas personas que te encontrás por la calle y te sonríe sin razón... Necesitaba que alguien la ayudara a levantarse, y con ella, levantar su autoestima. Necesitaba que la abrazaran y le dijeran que todo iba a estar bien. Ella lo único que necesitaba era un poco de amor.

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